Angel Miret EdOArtículo de Àngel Miret, miembro de Justícia i Pau Barcelona.

Todos somos peregrinos: migrantes y refugiados

“Maldito el que cometa una injusticia con un extranjero” (DT 27,19)

Durante las últimas semanas se ha desarrollado una crisis política y humanitaria en Cataluña y España como consecuencia de la llegada de millares de personas procedentes mayoritariamente –pero no solo– de África. También, por ejemplo, de Bangladés o de Jordania.

Ha llegado el buen tiempo, se han cerrado las rutas de acceso a Europa desde Grecia e Italia por los convenios de la Unión Europea con Turquía y Libia, y además el acuerdo bilateral entre la Unión Europea y Marruecos expiró el 14 de julio. Por otro lado, las ONG advierten que en Marruecos más de 40.000 personas están a la espera de poder cruzar el estrecho de Gibraltar, para seguir la ruta hacia otros países europeos o bien permanecer en la península. De entre éstas, y salvo las que tienen derecho a solicitar protección internacional o refugio al Estado español, el resto engrosarán el número de emigrantes en situación irregular. O sea, se convertirán en fantasmas a efectos legales. Y son millones de personas en todas partes de Europa, buena parte de las cuales trabajando en situaciones de explotación en la economía sumergida.

Son personas agotadas, reventadas, que han marchado de su casa por un puro instinto de supervivencia porque no pueden perder nada. Ni la vida, porque de donde vienen ya no tiene ningún valor.

El día 4 de julio tuve la oportunidad de estar en el muelle donde amarró el barco de Open Arms y de ver bajar por la frágil escalera a las 60 personas recogidas en el mar: delgadas, ojerosas, tambaleantes, las espaldas curvadas bajo un peso indescifrable pero contentos de haber llegado a Barcelona: en cuanto nos han visto han estallado en cantos y bailes de regocijo.

Y sí, ciertamente estas sesenta han sido acogidas por una multitud de representantes de las instituciones públicas, de las entidades sociales, Cruz Roja, traductores, abogados... pero la realidad no conocida suficientemente es que la víspera llegaban en autocar un número similar, procedentes de Andalucía, muchas de ellas con la misma ropa que llevaban en el momento de llegar a las costas y sin haber pasado ni una revisión médica. Y a éstas no las esperaba más que una dotación de la Cruz Roja que apenas las podía atender en sus necesidades más perentorias. Y así día tras día. Lejos del foco mediático.

La Generalitat y varios ayuntamientos, principalmente el de Barcelona, se esfuerzan en ofrecer un mínimo de recursos en su acogida, pero los que no puedan disfrutar de la condición de refugiados se añadirán a los entre 50.000 y 100.000 inmigrantes que viven en Cataluña sin permiso de residencia.
Lo que estamos viviendo estos días son, pues, situaciones coyunturales que se suman temporalmente al verdadero proceso que empuja a las personas a emigrar y que son suficientemente conocidas: preservar la vida y la dignidad, el deseo de salir de la pobreza y la búsqueda de mejores condiciones materiales, medioambientales y de seguridad.

Frente a estas circunstancias, una parte significativa de la población europea hace frente al miedo que les producen estas personas apoyando a partidos populistas, cuando no abiertamente racistas, como lo está demostrando el ministro del Interior italiano Matteo Salvini con manifestaciones rechazables para cualquier persona con un mínimo sentido humanitario y democrático. No obstante hay que decir que tiene parte de razón en la crítica que hace a la Unión Europea en tanto que la mayor parte de los estados no han sido solidarios con los países de la orilla del Mediterráneo que hacen de frontera sur de la UE, fundamentalmente Grecia e Italia, pero también España. Con la excepción de Alemania y de los países nórdicos, el resto de estados han mirado hacia otro lado y han dejado que Italia y Grecia afrontasen solas el reto de acoger, por ejemplo, los más de 180.000 emigrantes y refugiados que llegaron a Italia el año 2017. Tampoco el Estado español ha cumplido los compromisos de reubicación y reasentamiento. Una forma segura de provocar desafección con el proyecto europeo.

Pero los populistas se han aprovechado para encender la llama de la desconfianza y la hostilidad hacia los refugiados y emigrantes. Descargan sobre ellos todos los males: la delincuencia, el terrorismo, los bajos salarios, el paro y la pérdida de identidad. Una estrategia conocida y peligrosa como nos demuestra la historia de Europa: la búsqueda de un enemigo débil a quien atribuir todos los problemas. Recetas sencillas para problemas extremadamente complejos.

Es imprescindible que la Unión Europea diseñe ya una política común de acogida que necesariamente tiene que pasar por un compromiso global humanitario y por la corresponsabilidad de todos los estados y que, en cualquier caso, prevea la puesta en marcha de vías seguras y legales de acceso a Europa.

Y mientras tanto, ¿qué podemos hacer? Aunque pueda parecer poca cosa en relación a la magnitud del problema, propongo tres acciones: una primera de sensibilización, que requiere el esfuerzo de informarse y de no dejarse influir por los titulares, una segunda política, no apoyando a las formaciones políticas que abanderan el populismo y la xenofobia, y la tercera colaborando económicamente y desde el voluntariado con las organizaciones que ofrecen acogida y dignidad a las personas refugiadas.

 

Barcelona, 9 de julio de 2018

Àngel Miret i Serra