Artículo de Anna Sangrà, responsable del área de migraciones Justícia i Pau Barcelona.

 

¿Dónde están los abuelos y abuelas?

Ya hace algunos días que veo unos carteles en las farolas de mi barrio, informando de un proyecto del Ayuntamiento de Barcelona llamado Radars [Radares]. Según leo en su página web, el consistorio ha detectado que mucha gente mayor se siente sola y por lo tanto ha pensado en la creación de redes ciudadanas para fomentar de nuevo su participación en la vida comunitaria.

 

Ciertamente, las estructuras familiares han cambiado antes de dar el relevo a una nueva generación de abuelos. Hace unos años —no tantos— lo más común era que cuando los padres no podían afrontar solos la vejez o la soledad (en muchas ocasiones fruto de la viudedad) se iban a vivir a casa de los hijos. Bueno, sobre todo de las hijas; ya veis que el género es una asignatura que tenemos pendiente en todos los ámbitos.

En casa de mis padres, cuando la abuela era más joven se quedaba con nosotros todo el invierno y gran parte de la primavera. Ella viva muy lejos y su llegada era muy celebrada por todos: nos hacíamos compañía, estábamos cerca y nos cuidábamos los unos a los otros. Tampoco no hace falta que explique cómo de agradecidas son dos manos más en una casa con niños y trabajos por turnos.

Los adelantos en materia de salud y la mejora de nuestra calidad de vida en general nos llevan, desde hace décadas, a vivir más y mejor. Llegamos a la etapa de la vejez con más vitalidad que antes. Este hecho, sumado a la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo durante el siglo XX ha convertido a los abuelos y abuelas en apoyo familiar para ayudar con los más pequeños. Hace una década, con la llegada de la crisis económica, estos lazos se arreciaron más que nunca. Desgraciadamente, mucha gente mayor ha sido clave como sustento familiar en los momentos más difíciles. Desde pagar facturas hasta preparar pucheros. Todo con el dinero de sus pensiones.

Los abuelos y abuelas tienen mucho que ofrecer, pero también debemos mucha dignidad a la gente mayor. El hecho de recortarles las pensiones, así como la limitación del gasto en sanidad pública o servicios sociales les afecta de primera mano y con mucha intensidad pues son per se un colectivo vulnerable. A estos factores más comunitarios se suman los personales, pues la suya es una etapa vital llena de cambios. El cuerpo se deteriora en muchos casos más rápidamente que la mente, aumenta la lentitud en los movimientos, la persona se vuelve más insegura de sus habilidades y en último término se queda limitada dentro de las paredes del hogar.

Y aquí es cuando vuelvo al principio de este artículo: el proyecto Radars. Tengo la sensación de que nos hemos pasado de vueltas. Hace 30 años los abuelos vivían en casa hasta que morían. Después, les fuimos apartando de nuestro día a día; mientras tenían fuerzas les visitábamos para comer en su casa los domingos y cuidaban de nuestros hijos después de la escuela, y cuando envejecían les visitábamos en el asilo correspondiente. Como todo en esta vida: ni mucho ni poco.

La gente mayor ha de ser social hasta el último de sus días. A menudo, se quedan solos y aislados debido a la viudedad o la muerte progresiva de los amigos y conocidos más cercanos. No obstante, este hecho no debería limitar su aportación a la sociedad, tan valiosa en términos de experiencia y valores. En todas las culturas, las personas mayores son las portadoras de historias, cargadas de consejos, remedios y saberes. Desconectarlas del resto de tejido social o no saber valorarlas es una pérdida demasiado elevada por el conjunto de la sociedad.