dining tables Jordi CotsLa escuela no puede hacerlo todo. Más bien estaríamos de acuerdo con lo que decía Maragall en un artículo de finales del siglo XIX, dirigido a Don Francisco Giner de los Ríos, que la escuela es un producto social, que es una sociedad fuerte y segura la que genera una buena escuela. Y claro que la escuela debe hacer buenos ciudadanos, pero no se le puede pedir que salve el mundo. Sin embargo, y no nos parece caer en una contradicción, no se puede desaprovechar el paso por la escuela de tantos niños y niñas sin fomentar en ellos unos hábitos y unas habilidades básicos en aspectos de lo que en términos muy genéricos llamaríamos las cosas de la vida. Una muestra paradigmática es la alimentación de los niños.

Ahora bien, esta cuestión no puede ser tratada aisladamente, sino que debe formar parte de un proyecto de escuela que vaya más allá de las adquisiciones puramente académicas. En definitiva, que al terminar la escolaridad obligatoria, los chicos y chicas salgan básicamente preparados para ir por el mundo. Este era el propósito de un viejo programa inspirado por Gandhi, destinado a las escuelas rurales de la India.

Este programa, repleto de sentido común, pretendía que los alumnos al terminar la escuela primaria hubieran alcanzado un mínimo de conocimientos en campos diversos de la vida; establecía unos objetivos y ponía unos ejemplos que aquí no podemos hacer más que resumir. Así pedía saber orientarse, y ponía como ejemplo levantar el plano de un pueblo, casa o calle, o saber calcular el tiempo para recorrer cierta distancia; saber expresarse, y por eso sugería que pudieran dibujar objetos sencillos, preparar un informe sobre algo que se ha hecho o preparar un presupuesto; para la salud, prestar unos primeros auxilios o saber desinfectar, ventilar y mantener limpia la casa; para la vida práctica, hacer pequeñas reparaciones o saber preparar una comida corriente; de cara a la ciencia, saber observar sistemáticamente y exacta determinados fenómenos o saber utilizar un diccionario, un catálogo, un periódico o un anuario; de cara a la comunidad, saber tomar parte en una asamblea, dirigirla y redactar un resumen, o saber organizar una exposición, una fiesta o un evento social o religioso.

Grandes pedagogos del siglo pasado (Pierre Bovet, Robert Dottrens) intentaron difundir este programa. Si bien dicho programa iba destinado al mundo rural de una sociedad más bien pobre, no es exagerado decir que ya quisiéramos que nuestros chicos y chicas, al terminar la escuela primaria, y tanto si después abordan estudios superiores o no, fueran diestros en estos campos, o sus equivalentes adaptados a nuestro lenguaje y necesidades. Dicho esto, ya podemos recuperar el tema de la alimentación saludable de los niños.

Hay un texto del Departamento de Salud que nos puede ayudar a saber en qué consiste una alimentación saludable: Acompañar las comidas de los niños. Consejos para comedores escolares y para las familias, Generalitat de Catalunya, Agència de Salud Pública, Febrero 2016. Son autoras Gemma Salvador y María Manera, de la misma Consejería. Recomendamos encarecidamente el estudio de este texto (muchas escuelas ya se inspiran en él) por parte de los claustros de los profesores y creemos que se debería hacer llegar de alguna manera a las familias. Contiene abundante información sobre la calidad y cantidad de los alimentos, el papel del comedor escolar, la posición del adulto, consejos prácticos o las recomendaciones de la OMS, Organización Mundial de la Salud. Igualmente, valoramos que en este documento se diga que hay que escuchar al niño, que se dedique el tiempo adecuado para comer, o que se considere la comida una oportunidad para la transmisión de valores.

Una reflexión compartida con la hasta ahora responsable de una guardería, Maria Carmen Ribalta, nos lleva a decir que estamos ante una cuestión que, en el fondo, ayuda a encontrar un sentido a la vida. En efecto, además de conocer cuáles son los alimentos saludables, saber disfrutar de ellos y de aprender un mínimo de cocina, este tipo de formación no hace conscientes de nuestros actos y de pertenecer a una cultura; también nos ayuda a tener una percepción de nuestro cuerpo (el hermano cuerpo, decía un santo) con sus limitaciones, actuales o futuras, favorece la convivencia y es un elemento de prevención contra la drogadicción. Y todo ello, inscrito en el marco más general del derecho a la salud, uno de los derechos reconocidos en la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño.

 

Jordi Cots i Moner