Joan Lopez EdOArtículo de opinión de Joan F. López Casasnovas, miembro de Justícia i Pau Menorca.

Espejo roto

¿Sabéis qué es el dilema siberiano? Entre los militares rusos era una elección realmente envenenada. Cuando la capa de hielo del río se rompe y te caes dentro del agua helada, si no te sacan enseguida, en cuatro minutos estarás muerto, pero en el caso que te saquen fuera, la muerte te vendrá en dos minutos. Por lo tanto, el dilema no es tal, porque se resuelve de la misma manera, sólo el tiempo de congelación tiene una ligerísima diferencia. Pienso que observando los resultados de los últimos comicios electorales de Cataluña, nos pueda suceder lo mismo, de una manera o de otra, muertos. O muy malheridos. Salvando ciertamente el abismo que puede haber entre una campaña normal y la aberración de lo que ha hecho el Estado español en la aplicación del 155, los votantes han mostrado una imagen de sociedad rota, fracturada. El relato español que atribuye todas las culpas al proceso impulsado por el soberanismo es irritantemente perverso. Más que buscar culpables del drama nacional, haremos bien de procurar conocerlo, para saber mejor de qué estamos hablando y analizar las causas.

Por los años 1970, cuando el PSUC teorizaba sobre el catalanismo popular, se definía como integrador y abierto a las aportaciones de los recién llegados, a la vez, no se discutía que la lengua propia, el catalán, tenía que ser el eje de esa voluntad integradora, ni se cuestionaba la escuela inclusiva con inmersión lingüística, ni que la mejoría de la vida en los barrios suponía un salario indirecto para los trabajadores. Es buena la cita latina “ubi bene, ibi patria”, lo era porque no diluía la patria catalana en un batiburrillo regional folclórico, porque el bienestar de las clases populares era un objetivo irrenunciable y porque no se trataba de ninguna entelequia, pues una patria es un país con justicia. Paco Candel acertó al reflejar ese desiderátum en Los otros catalanes y en toda su tarea periodística, en realidad, recogía también años de actividad clandestina, y después en democracia, de personas clave del catalanismo como el mismo Josep Benet, como se puede ver en la magnífica biografía que ha escrito Jordi Amat (Com una pàtria 2017). Un solo pueblo, plural, pero cohesionado por voluntad mayoritaria. La inmigración formando parte de la sociedad catalana, rehusando la discriminación que suponía aquella nefasta calificación de charnegos.

Al analizar el voto masivo a Ciudadanos, a quien ha interesado explotar el discurso populista i el de las dos Cataluñas, incidiendo en áreas de fuerte emigración, que antes habían votado formaciones de izquierdas, algunos sociólogos piensan que cerca de cuarenta años de democracia y de Generalidad no han servido suficientemente para el reconocimiento de estos ciudadanos por parte del catalanismo hegemónico.

Pero la política no sólo se hace desde los gobiernos de las instituciones. ¿Cómo habría sido el “Procés” sin Òmnium ni la ANC? Esta visión reduccionista de la política en las alfombras de los palacios, como se ha visto, se puede pagar muy cara. Una política democrática se hace también con y desde los movimientos sociales, vecinales, culturales, sindicales, etc. Por tiempo, ellos supieron tejer propuestas y luchas que generaban alternativas para la vida comunitaria. A los actuales partidos catalanes “republicanos”, la suma de los cuales ha ganado en las urnas, les corresponde ahora una tarea imprescindible: demostrar a toda la ciudadanía que la República y los valores republicanos son un bien común, que tiene como motor la justicia social y el reconocimiento para todo el mundo, porque nadie pueda sentirse excluido.

Escribo desde la distancia insular, pero seguro usuario del Pont de la Mar Blava, que une y hermana los Países Catalanes. A pesar de que, según la última encuesta de 2014, el nivel de uso del catalán como lengua habitual en Menorca (53,5%) es más alto que el de Mallorca (37,3%) y mucho más que el de Ibiza y Formentera (23,9%), no tenemos que perder de vista el fuerte decrecimiento porcentual que hemos sufrido respecto a la situación de veinte años atrás. Las causas no se tienen que buscar sólo en el movimiento inmigratorio, que ha crecido un 152,6% de 1960 (441.732hs) a 2014 (1.115.841hs.) y a la hostilidad manifiesta del Estado, que practica el supremacismo del castellano con fuerza. Pero lo más preocupante para mí es la falta de poder autónomo para elaborar y aplicar políticas y la manipulación populista que ejercen sobre una mayoría desinformada sectores contrarios a la consecución de la normalidad, con ataques constantes a nuestro sistema de escuela inclusiva, y contra cualquier avance del catalán en su uso oficial como el decreto del catalán en la función pública (especialmente, ahora en el ámbito del personal en el servicio público de salud). En este estado de cosas, no es raro que aparezcan conductas catalanofóbicas, de autoodio y que se entiendan como una epidemia, los prejuicios lingüísticos que, con mentalidad provinciana, nos vuelven tan vulnerables. En las islas Baleares el relato español servido por los poderosos medios de adoctrinamiento de masas, hace mella y acrecienta la catalanofóbia.

Con todo y a pesar de eso, la política catalana es seguida desde las islas Baleares con mucho interés, pues no en vano desde el tiempo de la Transición , y mucho antes, ésta ha servido a menudo de modelo y guía de los demócratas y del catalanismo (si más no cultural) en las islas. Pues sí, la brújula política progresista en las Islas, y especialmente en Menorca, donde los contactos con el Principado han sido más intensos, ha marcado siempre su norte a Catalunya, estrella polar de bandera. Lo aprendimos entre otros del querido Josep M. Llompart. No olvidamos su maestría, ahora que se cumple ya un cuarto de siglo (¡cómo se pasa el tiempo!) que nos dejó.

Joan F. López Casasnovas