Llorenc Olive EdOArtículo de Llorenç Olivé, miembro de Justícia i Pau Barcelona

Los miércoles nos vemos en la plaza del Rei porque somos sal de la tierra y luz del mundo

Hace unos días se celebró el Día Mundial de la No-violencia y la Paz. Gracias a una iniciativa del poeta y educador mallorquín Llorenç Vidal, desde hace años se hacen actividades y talleres en las escuelas para promover la cultura de la no-violencia, el diálogo y la resolución pacífica de conflictos. Coincide con la fecha de la muerte de Mahatma Gandhi para reconocer su testimonio.

Las primeras décadas, la producción de sal en la India era un monopolio del imperio británico: toda producción en el ámbito familiar era ilegal. A modo de protesta, Gandhi empezó una larga marcha a pie a la que se sumaron miles de personas que, al llegar a las salinas de la costa, fabricaron la sal a pesar de la prohibición de la policía que no se pudo imponer. Esta acción es conocida como la Marcha de la Sal.

En Cataluña, desde 2010 seguramente, se inició un “proceso”, como lo llaman algunos o la “revolución de las sonrisas” como lo llaman otros, como detonante de la sentencia del Estatut; votado por los catalanes, aprobado por las Cortes españolas y mutilado por el Tribunal Constitucional.

El 1 de octubre de 2017, miles de personas se reunieron en colegios y otros centros donde se quería votar y fueron desalojados de forma violenta bajo el mando del coronel de la Guardia Civil Diego Pérez de los Cobos, siguiendo el dictado de la resolución del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, que pedía que se impidiese el referéndum pero sin romper la paz social. Ya sabemos cómo funcionó aquel día, con más de 1.000 heridos. Varias fuentes recuerdan que el 23 de febrero de 1981, el que ahora es coronel se ofreció voluntario a la Guardia Civil del pueblo para defender su idea de España; y es hermano del ex-magistrado del Tribunal Constitucional, Francisco Pérez de los Cobos y que, según dicen también diferentes medios de comunicación, en 1978 desgarraba la constitución española en desacuerdo con la laxitud texto.

El 1 de febrero pasado, el coronel de la Guardia Civil declaró ante el juez del Tribunal Supremo por el 1 de octubre y afirmó que la legalidad estaba por encima de la paz social. Todo da a pensar que su relato, comportó la interlocutoria del juez Llarena que rehusaba la petición de libertad de Joaquim Forn que está detenido preventivamente; sin juicio, habiendo renunciado al acta de diputado, habiendo abjurado a seguir en la política; y con único fundamento político, no jurídico, que mantiene el pensamiento político y que depende de las acciones que pueden realizar otras personas.

También la semana pasada, la profesora de derecho penal de la Universitat de les Illes Balears, e hija del magistrado del Tribunal Constitucional Francisco Tomás Valiente, asesinado por ETA, expresaba que no puede haber delito de rebelión en las actuaciones del Govern de la Generalitat de Catalunya porque no hubo violencia. El delito de rebelión es de los delitos más graves tipificados en el código penal con treinta años de cárcel. La privación de libertad, recordémoslo bien es la pena más dura que se puede infligir a una persona. No hay que olvidar que la cárcel preventiva se tiene que aplicar sólo muy excepcionalmente y cuando hay certeza de la gravedad del delito imputado. Una de las finalidades de las penas es la rehabilitación y la reinserción, además de ser sanción; y finalmente la proporcionalidad de la pena.

Estos días, en unas tristes declaraciones Alfredo Pérez Rubalcaba del partido socialista, exponía que para mantener la unidad de Cataluña con España se podía utilizar todo, cualquier tipo de fuerza. Y esto lleva a pensar en el 1936, el 1923, el siglo XIX, i aún ir más atrás.

O dicho de otra manera, todo vale. La vicepresidenta del ejecutivo llamó al Tribunal Constitucional para suspender el pleno de investidura del presidente Puigdemont, que por cierto tiene la mayoría parlamentaria de Cataluña. O las declaraciones del ministro de Justicia explicando qué irá haciendo el Tribunal Supremo, es lo que se llama la separación de poderes...

Cuando murió el dictador Franco, el rey Juan Carlos I tomó posesión de jefe del Estado tal como estaba estipulado. Después se inició lo que se llamaba transición. Recuerdo vagamente de pequeño, alguna pintada que decía que sin ruptura no hay democracia. Se aprobó la constitución el 1978 donde se confirmó la posición del jefe del Estado, que era quien la ocupaba por la transición de la muerte de Francisco Franco. Se empezaron a tramitar estatutos para las nacionalidades y después para las regiones. Posteriormente vinieron las elecciones donde ganó el que entonces era el PSOE de Felipe González y tenían que venir cambios; el ejército se modernizó, y en otros ámbitos hubo avances. Pero la modernización llegó poco a la policía del régimen anterior y para nada a la administración de Justicia. Se ha mantenido una Audiencia Nacional, heredera del Tribunal de Orden Público y tenemos un ordenamiento judicial que aún piensa y decide como aquel imperio donde ya se ha “puesto el sol” y con magistrados de la era franquista.

Las puestas del sol siguen existiendo, la luz en el mundo perdura, la sal nos la recupera Gandhi. Por eso cada cual desde su lugar, tiene que hacer lo imposible para hacer un mundo mejor, y para conseguir romper las injusticias. Por este motivo, cada miércoles a las siete de la tarde, nos encontramos en la plaza del Rei en Barcelona, u otros días y en otros lugares del país en apoyo a los presos políticos. Es un encuentro de 10 minutos que se convoca semanalmente desde inicios de noviembre con un canto coral, lectura de textos breves sobre la libertad y un minuto de silencio final. Y lo hacemos para tener presentes a los que no están, porque están en la cárcel o en el exilio. Y nos encontramos para dar calor a la familia. Para que sepan que no están solos. Y porque no queremos normalizar la anormalidad.

Ahora es un momento duro, pero después la verdad ganará, no lo dudéis, porque los valores y los derechos humanos están para respetarse y tienen a las personas para defenderlos.

 

Llorenç Olivé