Joan Lopez EdOArtículo de opinión de Joan F. López Casasnovas, miembro de Justícia i Pau Menorca.

La nada, por doquier

Los poetas populares, duchos en rimas y en sabiduría popular, reciben en las islas Baleares el nombre de “glosadors”. Su fama les viene por lo inteligente de sus “acudits”, es decir, por sus respuestas ocurrentes e ingeniosas a preguntas complicadas. Actuando de forma repentista, respondiendo al instante, no se puede negar que la cosa tiene mérito.

Cuento un caso. Interpelan al glosador Josep Vivó poniéndolo a prueba: -Quiero que me contestéis, / maestro, lengua afilada: / si os regalan a vos “nada”, / ¿por dónde la cogeréis? (Como se puede comprobar la traducción del catalán al castellano no es literal). El glosador contesta de inmediato: -Jamás me sorprenderéis / pues tengo mente avezada: / si alguien me regala “nada”, / la cogeré por do veis: / por donde me dé la gana.

Como ya se sabe que en la literatura popular existen elementos legendarios no es seguro que la anécdota sea atribuible al glosador menorquín más famoso, que vivió en el siglo XVIII, que fue “pobre de solemnidad” y en cuya vejez padeció la enfermedad de Parkinson. Cuentan que en cierta ocasión alguien quiso burlarse de su afección (temblor corporal y soñador empedernido) y al encontrase con la hija pequeña de Vivó les espetó lo siguiente: -¿Acaso sois la pequeña / hija de aquel glosador /aquejado de temblor / y que cuando duerme sueña? La respuesta de Paula Vivó fue de antología: -Por supuesto que es mi padre / y lo defiendo en lo cierto: / que, aunque durmiendo, más sabe / que vos cuando estáis despierto.

El reto de recoger la nada, lo voy a referir ahora (he ahí el potencial de los clásicos en su utilidad perenne) a Llarena y a Lamela: -Quiero saber qué diréis, / magistrado y magistrada: / si juzgáis sobre la “nada”, / ¿qué causas le imputaréis? Y me contestarán algo así: -La sentencia ya está dada / y es la que bien merecéis: / aunque no encontremos nada / queda en “nada” condenada. / Somos chulos, ya lo veis.

Dejemos las glosas rimadas y vayamos a lo que no es ningún juego. La causa general contra el soberanismo catalán es en su mayor parte el resultado de la construcción de un invento, o sea, inexistente, la nada. El despropósito, ¡el disparate!, de la actuación judicial española en todo lo que sea reprimir el independentismo es, si se me permite la paradoja, de juzgado de guardia. Bastantes voces se han alzado, dentro y fuera del Estado español para denunciarlo. No es necesario aportar aquí sus argumentos, de sobra son conocidos. Diría que nada sólido puede edificarse sobre los barros de un relato falso, de la mentira; pero mejor no, pues si bien lo consideramos, veremos que mucha gente transita por este barro y al pisarlo se compacta y deviene cemento armado en la construcción de las verdades (fake news). Es lo de Joseph Goebbels: que la mentira reiterada se convierte en lo verdadero a los ojos de la gente. Con este propósito el ministro de Propaganda nazi estableció unos principios que en buena medida se pueden reconocer en el método utilizado por el gobierno español para perseguir el independentismo en Cataluña. Así trata de individualizar al adversario como si fuera el enemigo único (quien no defienda los postulados gubernamentales es un sujeto peligroso); cargar sobre éste la responsabilidad de los errores propios (la policía no ejerció violencia alguna, sino que ésta salió de los ciudadanos que querían votar el 1-O; se acusa al otro de adoctrinamiento mientras ellos no cesan de difundir mitología nacional, prejuicios si no complejos de odio a mansalva); trasponer el proceso catalán con el fin de ocultar la corrupción sistémica en las instituciones españolas; exagerar y desfigurar (los Jordis como violentos incendiarios de masas; enésimo asalto al Diplocat justo unas horas antes de que éste fuera desmantelado…); borrar, esfumar cualquier memoria sobre las causas del conflicto, silenciar todo aquello que les favorezca y construir realidades y relatos a partir de informaciones fragmentarias; trabajar los medios de comunicación para ponerlos al servicio del poder (procurando unanimidades constitucionalistas en la opinión pública), etcétera.

Eugénio de Andrade en su poema “As palabras” dice que éstas lo son todo: transparentes como un cristal, inocentes, crueles; algunas, un puñal, un incendio; llenas de memoria, navegan inseguras, producen escalofríos; abonan los cerebros como una lluvia fina… Joan Vinyoli escribe que las palabras, en verdad, / no están sólo para entendernos por lo que significan / sino para descubrir lo que, transparentes, ocultan. Los poderosos deshacen su significado dentro de sus conchas puras. Por si acaso, y sin pedir permiso a los que niegan el pan y la sal a nuestra historia, a nuestra lengua y a la cultura propia de nuestro pueblo; a los que, por supuesto, le niegan su condición de sujeto político con derechos inalienables, acudo de nuevo a uno de nuestros clásicos. Francesc Eiximenis (Gerona, 1330 – Perpiñán, 1409) explica el sentido de la palabra corrupción. Para el escritor franciscano existe corrupción cuando el interés particular se superpone al interés público en la acción de gobierno. Así encabeza el capítulo 364 del libro duodécimo de Lo Chrestià, una joya de la literatura moral y jurídica medieval: “Com lo bon regiment de la cosa pública requir que les lleis sien fetes en favor sua e que sien ben observades per tots”. Debemos observar las leyes, sí. Nos dicen que todos somos iguales ante la ley, pero ellos saben que no es verdad. Cuidado: las leyes que sirven al “regimiento de la cosa pública” (res publica) son las que, de verdad, sirven al bien común, a la nación. No reconociendo a la nación catalana como sujeto político, se deslegitiman como demócratas; son los que, de hecho, se muestran dispuestos a saltarse la democracia al grito de “todo por la patria”. Para ellos todo vale si va en provecho de la uniformidad, aunque sea impuesta y no deseada.

Democracia, soberanía popular, igualdad, fraternidad…: “utopías que no lo son”, como reza el lema de Justicia y Paz de Cataluña para celebrar sus primeros 50 años de trabajo por la paz, es decir por la justicia.


Joan F. López Casasnovas