Alex Masllorens EdOArtículo de opinión de Àlex Masllorens, miembro de Justícia i Pau Barcelona

Un mundo patas arriba

Se suele pensar que los mejores políticos son aquellos que saben interpretar bien el ruido de fondo de las sociedades a las que quieren representar y que se ponen al frente para liderar los procesos para lograr hacer realidad las ilusiones y las inquietudes colectivas. De esta forma, un buen líder político sería aquel que entiende mejor que nadie los momentos históricos que está viviendo su pueblo y mira de conducirlos hacia la consecución de uno o varios objetivos comunes.

Pero en ciertos momentos los dirigentes deciden por su cuenta lo que conviene a su país y consiguen llevar a los pueblos en la dirección que a ellos personalmente (y quizás a algunos poderes fácticos) les conviene. Esto suele coincidir con momentos en los cuales hay fuertes crisis de valores y también, muy a menudo, con etapas de alta precariedad social y laboral y fuerte individualismo. En estas circunstancias, con amplias capas de población perdidas en sus dudas existenciales y con la sensación de haber sido abandonados por los partidos tradicionales, aparecen liderazgos estrambóticos que en otros momentos habrían parecido inverosímiles. Y enormemente peligrosos. Hay momentos en los cuales parece como si las sociedades perdiesen la capacidad de reaccionar frente las amenazas y cayesen en una especie de nihilismo histórico, poniéndose en manos de los individuos más tóxicos.

Actualmente tenemos ejemplos muy variados. Todos pensamos enseguida en Donald Trump, un presidente de la primera potencia que habría sido impensable en cualquier época anterior. Pero lo más decepcionante es que su presidencia coincide con un panorama internacional donde podemos identificar una larga lista de accidentes similares.

Y hay algunas características que se van repitiendo, a pesar de las idiosincrasias tan distintas. Por ejemplo, el empobrecimiento de la calidad democrática, el bajo nivel de exigencia institucional... y lo que resulta más preocupante, la facilidad con la que las sociedades se tragan la culpabilización (o incluso, criminalización) de colectivos étnicos diferenciados. La radicalización del mensaje racista se está extendiendo como la pólvora. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos admite que Trump puede impedir que entren al país personas procedentes de países musulmanes (así, genéricamente); en Italia no basta con dejar de socorrer personas en el mar sino que el gobierno anuncia ahora un “censo de gitanos”; en Hungría vive libremente un gobierno filofascista que atenta gravemente contra los principios y valores fundamentales de la Unión Europea y nadie pone el grito en el cielo, en Turquía, en Rusia, en la China, y en una multitud de países menos relevantes desde el punto de vista geoestratégico, se han instalado gobiernos totalitarios con apariencia más o menos democrática, y el mundo no solamente se lo traga acríticamente, sino que buena parte de la población mundial empieza a asimilarlo con normalidad e incluso a pensar que es un mal menor que será preciso tolerar si se quiere mantener el actual nivel de vida.

Este nuevo orden mundial sólo puede ir a peor, como mínimo a medio plazo. Y hay que plantearse seriamente cómo enfrentarlo para recuperar una mínima calidad democrática y para que los derechos humanos vuelvan a tener valor y a ser una referencia en el contexto internacional (por lo menos en el plan intelectual y moral). Vistos y considerados estos factores, la existencia y la misión de organizaciones como Justicia y Paz vuelven a tener todo el sentido. Tenemos mucho trabajo por delante.


Àlex Masllorens