Maria Martin EdOArtículo de opinión de Maria Martín Goula, colaboradora de Justícia i Pau.

Inmigración: Humanizar y responsabilizarse

Entre otros factores, el empobrecimiento es lo que a menudo empuja a las personas a huir de su país, y es precisamente lo que podría unir a las comunidades inmigrantes con las comunidades receptoras de inmigración. El empobrecimiento de las clases medias en Estados Unidos es una realidad que aunque cada vez más palpable no se acaba de confrontar. Pew Reserach Center señalaba el año 2016, que entre el año 2000 y el año 2014 había reducido del 60% al 48% en Estados Unidos de América los adultos que contaban como clase media. Tras la crisis de 2008, no nos viene de nuevo que los super-ricos son más ricos y la clase media se empobrece: inmigrantes y clase media comparten un empobrecimiento gradual, mientras las grandes corporaciones se enriquecen.

Con todo, son los "inmigrantes" los que son cargados con la culpabilidad del empobrecimiento general. El discurso se ha ido tejiendo con los años tanto por parte de los conservadores como de los liberales: la base económica ha determinado el discurso migratorio de unos y otros. Los conservadores para acentuar "la apropiación de recursos" y los liberales para acentuar sobretodo la fuerza de trabajo con la que los forasteros contribuyen al país. Estancados en esta lógica, es fácil medir las bondades o desventajas de la inmigración: son plazas de escuela, beneficios sociales o lugares de trabajo, a menudo aderezados con el miedo de la aniquilación cultural propia.

Aunque el planteamiento económico es fundamental —y debería incluir a todos, incluido las corporaciones extranjeras— no debe ser el punto central del debate. Si el factor económico se convierte en el centro del debate, los inmigrantes pierden su humanidad en favor del coste / beneficio económico y dejando en segundo plano el drama que puede haber detrás del fenómeno migratorio. Desde una perspectiva política, construir un diálogo sobre inmigración desde una lógica económica puede ser rentable, porque da pie a hablar de inmigración desde la confrontación y división fácil de los grupos, de la necesidad de protegerse de la inmigración. Por ejemplo, si las plazas en la escuela las adjudican a unos, los otros no las tienen, o si disponer de trabajadores cuando son necesarios es una realidad, también lo es expulsarlos cuando ya no son necesarios.
Además, la polarización, la confrontación política y el debate demagógico son ideales para focalizarse en otros temas que no sean el empobrecimiento general o quien no contribuye pero se enriquece. Despistan de lo que debería preocuparnos y construyen un clima enrarecido en el debate público, que pone la piel de gallina.

Los términos en los que se contextualiza el debate son críticos. Polakow-Suranski lo nota y además recuerda que deberían preocuparnos más que las plazas de escuela, porque son un reflejo de lo que somos y nos definen como comunidad. Por ejemplo, en los últimos tiempos, se ha visto como poco a poco la polarización ha ido creciendo, dando pie a que extremismos de derechas y de izquierdas que dábamos por extinguidos se aviven, dando énfasis a actitudes y actos contra comunidades que no necesariamente son responsables del empobrecimiento general de la clase media.

El tono polarizado y economicista, junto a la deshumanización del debate de inmigración son una buena cortina de humo para disimular el empobrecimiento gradual de la clase media, y son fruto de una permisividad general y de como permitimos que se enmarque el debate —y hasta como lo hablamos en privado. Aunque no estemos de acuerdo, estos términos también nos determinan como comunidad y permiten que actos como encarcelar niños de 5 años que huyen de la violencia y miseria y que acaban de cruzar un desierto para salvar sus vidas, sean posibles, justificados por la amenaza inminente de un empobrecimiento colectivo, que precisamente no la estan perpetrando ellos.


Maria Martín Goula