Miquel Angel Prieto EdOArtículo de opinión escrito por Miquel Àngel Prieto, miembro de Justícia i Pau Barcelona.

Detención de Assange y tecno utopía bajo sospecha

Seguramente, usted ha conocido la noticia de la detención del activista Julian Assange a través de su móvil. Probablemente, alguien residiendo cerca de la embajada del Ecuador en Londres grabó las imágenes del arresto que, segundos después darían la vuelta al mundo. A continuación, las redes sociales, los diarios digitales y el resto de medios de comunicación han tratado de aportar más información y, en muchos casos, se han convertido en actores de una guerra informativa para crear un determinado estado de opinión sobre Assange i la actuación de las autoridades ecuatorianas y británicas.

A pesar de las sombras que planean sobre algunas actuaciones de Wikileaks y sobre el comportamiento privado de su fundador, no podemos olvidar las expectativas que creó su atrevida política de filtraciones, a finales de la pasada década.

Wikileaks demostraba, de manera práctica, el supuesto potencial liberador y de profundización democrática de las, ya no tan nuevas, Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC).

Un reducido grupo de personas, organizadas en torno a una agenda de fomento de los derechos humanos y la paz, y con suficiente conocimiento técnico, ponían en evidencia la violencia criminal y las violaciones de derechos humanos provocadas por las intervenciones militares de EEUU en Irak o Afganistán. Una década antes, este país, entre otros, había rechazado la ratificación del tratado de creación de la Corte Penal Internacional. Así, si la incipiente arquitectura de la justicia universal no podía juzgar las agresivas políticas militaristas de los Estados más poderosos, al menos la opinión pública las podría conocer y juzgar por sí misma.

La combinación de organizaciones de estructura ligera, capaces de tratar y difundir las filtraciones de las peores prácticas de los poderosos, y la popularización de las redes sociales digitales y de los teléfonos móviles, aumentaban las oportunidades de incidir sobre la opinión pública y la emergencia de respuestas cívicas colectivas.

Los medios de comunicación tradicionales, que mantenían el oligopolio de intermediación entre la ciudadanía y la información, pero que no asumían suficientemente la función de investigación y control de los poderosos, se sentían forzados a adaptarse.

Los otros poderes establecidos, en especial los regímenes políticos y otras corporaciones privadas, sensibles a la opinión pública, podían sentirse amenazados. Gracias a las nuevas formas de información y participación, las TIC parecían propiciar un apoderamiento individual y colectivo que podría alterar las tradicionales reglas de juego.

¿Pero, qué ha pasado diez años después de las filtraciones más populares de Wikileaks y de Assange?

La mayoría de los poderes tradicionales han aprendido a responder a los retos y amenazas asociadas a la popularización de las TIC y a utilizarlas a su favor.

Las sociedades no han experimentado mejoras sociales y políticas para el bien común. Al contrario, los individuos comienzan a tomar consciencia de los riesgos de las TIC. El relato utópico sobre individuos y sociedades más informadas, libres y apoderadas, ante los actores de poder, ha sido substituido por la distopía de la pérdida de privacidad y libertad de expresión, la propagación de información fraudulenta y de sistemas de control o técnicas intrusivas de publicidad.

Finalmente, el incremento de las filtraciones no garantiza un mejor control democrático. En lugar de eso, la falta de una adecuada contextualización y explicación a la ciudadanía o la inutilidad de las informaciones en el marco de actuaciones de los órganos de control o del sistema judicial, que imponen las sanciones correspondientes, pueden acelerar la crisis de la democracia. Un régimen democrático puede consentir la ocultación al gran público de algunos aspectos de la actuación pública, pero no puede sobrevivir en un clima de desconfianza generalizada.

Paradójicamente, Assange también ha perdido parte de su aura épica, porque no ha conseguido disipar las sospechas de abandonar la causa de la radicalidad democrática y la educación cívica, para aliarse con poderes ocultos, que utilizan las filtraciones para agitar a la opinión pública en momentos clave de decisión política.

 

Miquel Àngel Prieto Vaz