Anna Sangra EdO

Artículo de opinión de Anna Sangrà, miembro de Justícia i Pau Barcelona.

 

 

Ahora que se acerca el momento de preinscribirse para el próximo curso escolar, los centros educativos se vuelcan en enseñar lo mejor de sí mismos para seducir las familias del vecindario. Aprendizaje por proyectos, idiomas, educación emocional, estimulación, PBL, cocina propia, alimentación orgánica, gran variedad de actividades extraescolares... resulta comprensible que los padres y/o madres noveles se abrumen ante tantas opciones.

Ahora bien, ¿somos conscientes de la revolución que ha emprendido la educación en nuestro país? Ahora mismo, se trata de entender que la escuela es una pieza más en el ecosistema educativo del niño. Los aprendizajes que las más pequeñas realizan son tan diversos como las personas encargadas de transmitírselos. Así pues, escogiendo el centro no se acaba el asunto.

Iniciativas como la de Educació 360 se proponen lograr la igualdad de oportunidades para todos los niños a través de la equidad educativa. Para ello, plantean acciones a varios niveles: la conexión de los aprendizajes que tienen lugar en momentos y espacios variados (no sólo tienen lugar en la escuela); la coordinación de todas las personas o agentes involucrados en la educación en ese territorio; y el trabajo de itinerarios de aprendizaje personalizado para realizar la conexión dentro y fuera de la escuela.

Esta nueva mirada trata de abrir las puertas de la escuela y conectarla al barrio o pueblo, de entender que no sólo se aprende en clase. Queda lejos la época en la que los padres y madres inscribían al hijo o hija a la escuela, se reunían una vez al año con el tutor/a y, si estaban suficientemente motivados, se involucraban en el AMPA. Ahora, las familias se incorporan activamente en el engranaje educativo como también lo hace el entorno del niño: la vida educativa del niño no empieza y termina en el aula, sino que se extiende hasta las calles.

Todo ello, suena ambicioso pero radica en la idea simple que educar lo hacemos todos y todas los miembros de la sociedad. Si bien la escuela y la familia son las agentes claves para la adquisición de los aprendizajes, no nos podemos olvidar del potencial de las escuelas de música, los centros de salud, los clubes deportivos, las asociaciones, etc. Estos espacios son también agentes educativos para los niños y por lo tanto resulta capital coordinarlos con los centros educativos y las familias. Este trabajo en red no sólo favorece los aprendizajes, sino que revierte directamente en la conciliación familiar, la igualdad de oportunidades, la convivencia... en definitiva, la mejora de la sociedad.

Los niños empiezan a desarrollarse como personas en el espacio familiar, después en la escuela y luego se integran en el barrio. Así pues, tiene sentido crear una red educativa cohesionada y comprometida con las oportunidades de todos los niños, bien arraigada en todos los espacios de proximidad de los niños.

Anna Sangrà (@anna_sangra)