Alex Masllorens EdO

Articulo de opinión de Àlex Masllorens, miembro de Justícia i Pau Barcelona

Estamos en medio de una pandemia cuyo alcance y consecuencias aún no somos capaces de valorar. No podemos saber si lograremos detener pronto la propagación o alcanzaremos las peores implicaciones que se han augurado. De momento, eso sí, ya hemos podido ver efectos muy evidentes: los confinamientos, las muertes, la saturación de algunos servicios que habían sufrido recortes, el hundimiento de las bolsas (que, todo hay que decirlo, siempre han ido a su aire)...

Como suele ocurrir ante situaciones inesperadas, esta crisis está poniendo también en evidencia lo mejor y lo peor de la humanidad. Sin ánimo de ser exhaustivo, pienso por ejemplo en aspectos como: la calidad de los servicios públicos en nuestro país y, aún más, la calidad humana de la mayoría del personal de estos servicios, a pesar del maltrato y la desatención de los últimos años; muchas señales inequívocas de solidaridad, intrafamiliar, entre vecinos y vecinas, dentro de las comunidades escolares... y una cara amable y cívica de respuesta ciudadana responsable y madura. Hay múltiples ejemplos que nos hacen sentir bastante orgullosos como comunidad. Y hemos percibido, a pesar de todo, una buena coordinación entre los diferentes órganos y niveles administrativos.

En el otro plato de la balanza, estamos descubriendo también muchos malos ejemplos de cómo las situaciones de pánico o paranoia colectiva fomentan las peores expresiones del individualismo. Por ejemplo, sobre el papel cada vez más triste de algunos medios de comunicación (en otros casos, bueno y de servicio público, hay que remarcarlo) o la irresponsable y con frecuencia peligrosa utilización, a veces muy malintencionada y nada inocente, de las redes sociales. También hemos podido constatar la dificultad de algunos responsables políticos para coordinarse con el resto y prescindir, por una vez, de protagonismos malsanos. O la tan conocida pretensión de "socialización de las pérdidas", de aquellos poderosos que cuando todo los sopla a favor piensan que no hay que poner ningún límite a su acumulación de riqueza.

Y detrás de todo, una vez más, la sensación de desprotección que han sentido capas importantes de la población que son más vulnerables que otras. Lo que antes se llamaba la diferencia de clases. Ante la emergencia, unas personas lo tienen mucho más difícil que las otras para aplicar las normas en su entorno y para poder vivir la pandemia con cierto equilibrio emocional y económico. Como siempre ocurre, esta crisis ha debilitado los que ya eran más débiles.

Y lo que no deberíamos desaprovechar: esta emergencia global podría ser una ocasión inmejorable para repensar nuestros valores y prioridades vitales, como individuos, pero también como sociedades. Revisar la organización de todo lo público, la redistribución de los recursos... analizar como aquellos mismos que fomentaban recortes en servicios básicos y cuestionaban el estado del bienestar han puesto en valor la autoridad y la intervención del Estado y la bondad y necesidad de los servicios públicos. En definitiva, volver a poner en el centro de las políticas sociales y económicas a las personas y dar el máximo valor a los impuestos como fuente básica de redistribución de la riqueza y de fomento de la equidad.

Àlex Masllorens