Joan Gómez i Segalà, secretario de la Junta de Justicia i Pau (27/12/2010)

Cuando se habla de consumo responsable, solemos centrar la atención en los productos y en los productores. ¿Y si la clave fuera cambiar el consumidor?

Joan Gómez i Segalà, secretario de la Junta de Justicia i Pau / 27/12/2010

Cuando voy a comprar manzanas, lo lógico es que elija las más bonitas, y deje que el tendero se quede las que no relucen. Yo persigo mi beneficio, y no es mi problema qué sucede con las manzanas que yo no compro. En cambio, cuando en casa abro el frigorífico, elijo la manzana tocada, porque es la que se pudriría antes. Todos los de casa salimos ganando si no tenemos que tirar ninguna manzana.

La diferencia entre el primer caso y el segundo, es que en el primero, el tendero y yo tenemos intereses contrapuestos, mientras que en el segundo, los miembros de la familia somos cómplices: si cooperamos ganamos todos, si cada uno busca su interés particular tendremos que tirar algunas manzanas que hemos comprado. Dicho todavía de otro modo: en el primer caso, contrapongo nosotros y ellos, mientras que en el segundo sólo hay nosotros. Mi decisión es diametralmente opuesta en función de si los demás son competidores o cooperadores.

Los sociólogos distinguimos la identidad y el rol. En el caso que nos ocupa, nosotros somos los mismos, pero en función del rol que desarrollamos tomamos unas decisiones u otras. Si somos un comprador ante el vendedor, un trabajador ante el empresario, un cliente ante el camarero, etc. siempre querremos lo mejor al mínimo coste. Nosotros pensamos en nuestro beneficio, y eso será a costa del otro. No nos preocupa qué va a hacer el otro para que nosotros consigamos lo máximo. De hecho, contamos con que él va a forzar a alguien para obtener el mejor rendimiento, y que por lo tanto, el que va a perder más será un tercero. O un cuarto... o...

Cuando somos competidores, sin saberlo provocamos que los recolectores no tengan reconocidos sus derechos laborales, permitimos que el agricultor venda por debajo del precio de coste, toleramos que el intermediario obligue a cláusulas de exclusividad al vendedor, aceptamos que éste haga jornadas maratonianas o que contrate personal con sueldos irrisorios. Así es el mercado: para ganar tú, alguien tiene que pringar. Pues bien, esto que parece tan lógico no tiene porqué ser así. Podemos adquirir los productos en una cooperativa de consumo, donde sí nos importa qué pasa con la fruta que no compramos. No hay un tendero contrincante, sino que somos los socios cooperativistas los que ganamos juntos. O los que perdemos si tenemos que tirar parte de las mercancías.

El consumo responsable no es sólo leer atentamente las etiquetas cuando voy de compras, sino sobretodo fijarme en las relaciones personales que entablo a través de las cosas y el entorno. Y es evidente que esto debe hacerse antes de entrar en la tienda. Hay muchos ámbitos de nuestra cotidianidad en los que podemos elegir si consumimos a través del mercado o adquirimos solidariamente lo que necesitamos. Sólo por poner algunos ejemplos comunes, podemos citar la alimentación (agricultura de temporada y de proximidad, cooperativas de consumo, iniciativas de fiambrera colectiva entre amigos o compañeros de trabajo), el ocio (fiestas de cumpleaños infantiles compartidas y caseras, alternativas al ocio de pago, uso de las bibliotecas y otros espacios públicos, ser creadores y no simples receptores, etc.), la reutilización (muy habitual entre las familias con hijos pequeños: juguetes, ropa, cunas, etc.), las finanzas (banca ética y cooperativa), el software libre, etc.

La máxima responsabilidad con la humanidad sería extender a todos los ámbitos este "nosotros", hasta no relacionarnos con nadie convertido en "ellos". Pero si lograr esto parece inalcanzable, tal vez nos baste con preguntarnos cada vez que abrimos el monedero: estoy enojado de tener que pagar tanto a este rufián o estoy satisfecho de poder contribuir con él a nuestro proyecto?

Después lo miras con cariño, le sonríes y le deseas feliz Año nuevo. O sea, un año sin enojos y lleno de satisfacciones.